Su buena estampa le permitió disfrutar las delicias de ser una mujer pretendida por muchos, los confites y las boletas de amor llegaban secretamente hasta su casa. Su estatura mediada y su contextura acuerpada llevan con gracia un rostro alegre de ojos negros y labios protuberantes. Como deja ver una foto de su juventud, ella tenía la belleza de una antioqueña de pura sepa. Decidió casarse con Hildebrando, un primo lejano que desde niña le arrastraba el ala y como él era un hombre trabajador, tuvo el visto bueno de los padres de Rosita, como le dicen cariñosamente.
Cuando cantaba el gallo, Hildebrando se alevantaba a meterse al chorro pa ir a ordeñar las vacas y Rosita, después de bañarse embutía leña al jogón y buscaba el yesquero pa prenderlo, montaba la guapanela pal café y molía maíz pelao pa asar las arepas, sacaba las vasenillas de debajo de las camas, servía el café al esposo y le pasaba los alpargates, atisbaba que el portillo estuviera cerrado pa que la potranca no pasara de la chambrana; alevantaba, bañaba y daba de jartar arepa de maíz sancochado, con quesito y chocolate a los buchichorriados. Ella se embutía la arepa mientras lavaba trastes en la pozeta, pues mejor que el marido no la juera a ver aplastada en el tronco con la jeta llena, o boquiabierta atisbando pal cerro, por que de golpe llegaba y le decía: - ¡Sopendeja entelerida, dejá de jartar tanto que por eso estás como el baúl del mercado, manquesea váyase a rajar leña o a machucar maíz pa las gallinas!. En veces, Rosita se hacía la marrana diciendo que estaba enjerma. Hasta bien escurito, ella fucionaba con buenos bríos, pues se necesitaba mucha barraquera pa mantener la casa en orden, y aguantar un marido que de vez en cuando le chantaba un pico en el cachete que la dejaba pasada a tabaco.
El día que Hildebrando murió dejó la imagen de un hombre trabajador y responsable de la economía del hogar. Sin duda un vació quedó en Rosita y en los muchachos pero, a la larga, fue un descanso para una mujer que merecía mejor trato. Los hijos mayores empezaron a trabajar en cultivos de flores y en tiendas de abarrotes en el pueblo. De ésta manera sostuvieron la casa mientras crecían los otros.
Con el paso del tiempo surgió la necesidad de agrandar la casa y hacerle algunas reformas. Para no volver a utilizar las vasenillas, hicieron un baño dentro de la casa y el que estaba en el corredor se utiliza para las visitas. La llegada de la energía a las veredas impulsó la familia a adquirir nuevas costumbres, pues ya no era obligación acostarse a las siete, ahora parecía que el día era más largo. Por la falta de tiempo no había quién trajera leña, entonces tocó comprar un fogón de cuatro puestos para hacer de comer y por consiguiente, una plancha para no volver a fruncir la ropa al carbón. El transporte a caballo hasta el pueblo o las caminatas por los desechos en medio del barrial, terminaron cuando El Municipio construyó carreteras en las áreas rurales, entonces empezaron a usar bicicletas y los más osados aprendieron a manejar moto; años más tarde, un bus de transporte público empezó a transitar las veredas cada hora. Al llegar temprano a casa ¿En qué se iban a entretener los muchachos? Para estar a la altura de los del pueblo, tocó comprar un televisor y ahí si, todos reunidos por la noche en la sala viendo a Pacheco.
La mayoría de los hijos consiguieron novios y novias en el pueblo y en Medellín, lugares donde se ubicaron después de casarse, dos de ellos construyeron sus casas dentro de la finca para no dejar sola a su madre. Con el paso de los años Rosita cambió de manera imperceptible, pues de aquellas costumbres campesinas queda muy poco. El acento, la rapidez al hablar y algunos términos arraigados a sus expresiones delatan su origen; sin embargo, todo lo que dice se escucha diferente. Esta antioqueña se comunica con otras palabras.
Cuando timbra el reloj despertador Rosita se levanta, enciende la tina y se baña con agua caliente. Usa una candela para prender la estufa, calienta agua y se prepara un tinto con café instantáneo. Sale al corredor y se sienta en una silla mecedora a tomar el café, mientras mira con detenimiento hacia la carretera a ver si alguien conocido pasa, siendo así, saluda levantando la mano. De pronto, timbra el teléfono y ella contesta, es el hijo que vive a aproximadamente 100 mts y llama para asegurarse de que ella está bien. En una breve conversación ella menciona que se siente enferma, le pide a su nuera que venga un rato para que la acompañe y agrega: - Voy a hacer el desayuno mientras ustedes vienen pa que comamos juntos. En la nevera tengo arepas, queso y yogur para el cereal de los niños. Las comparaciones entre Rosita y el baúl del mercado ya no son pertinentes por que ahora los alimentos se guardan en la alacena.
El lenguaje de esta mujer cambió a partir de la interacción con nuevos objetos. Ella puede comunicarse a partir de términos antiguos con otra persona de su misma época y cultura, a la vez que puede mantener un diálogo activo con el grupo social al que pertenece actualmente, que ha siso modificado en gran parte por sus hijos. La teoría G.H. Mead, hablando del interaccionismo simbólico como un modelo de comunicación, menciona: “A través del intercambio de los símbolos el individuo aprende a utilizar códigos interindividuales, sociales y culturales”. (Una comprensión epistemológica de la comunicación.M.Roig.1986). El estilo de vida de una mujer campesina, cambió paulatinamente debido al asilamiento de algunos objetos y actividades por el reemplazo de otros. De tal manera que el lenguaje utilizado para nombrar las cosas que ya no hacen parte de su vida cotidiana, fue erradicado de su habla. Así mismo, la interacción con otras personas le hizo renombrar los objetos que aún hacen parte de sus prácticas, dada la interacción social de sus hijos con personas del pueblo y la ciudad. Frente a esto Saussure afirma que los fenómenos sociales afectan la lengua: “Las costumbres de una nación tienen repercusión en su lengua y, por otro lado, en gran medida es la lengua la que hace la nación” (Seis semiólogos en busca de lector.p.27)
Además de sufrir cambios en nuestro lenguaje por la adquisición de nuevos objetos y por las prácticas a las que estos conllevan, los objetos como signos, se pueden re-significar de acuerdo al interpretante. Lo que fue una herramienta de trabajo para nuestros ancestros, puede ser un símbolo que ratifica la tradición y origen de nuestra cultura en la sociedad actual. En el rincón de artesanías de la casa de Rosita, un elemento cumple su función decorativa acompañado del sombrero vueltiao, varias mochilas marcadas con los nombres de ciudades turísticas, algunos ponchos estampados con trovas, un carriel, casitas coloniales en cerámica, entre otros adornos típicos alusivos a las diferentes regiones del país. Algún día frente al rincón uno de los nietos dijo: Mamita ¿..Y ese palito con tiras de cuero que es? Ella respondió: - Mijo, eso es un zurriago, con el que su abuelo Hildebrando arriaba el ganado.
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