Indígenas vs ciudadanos

lunes, 1 de junio de 2009

Se nos olvidó que éramos indígenas de raza pura, de sangre viva;
se nos olvidó desnudarnos y adorar la noche y su blancura;
se nos olvidó que nuestros huesos son el polvo fragmentado
de la tierra y que nuestro aliento signos desfragmentados de los árboles.
Se nos olvidó que nuestro techo es infinito y que nuestro abrigo
son las líneas que lo forman; se nos olvidó descifrar el humo
y las eufonías de la piel. Se nos olvidó ser, crecer y vivir como animales
rudos con sentidos, con instinto; Aún recordamos la muerte,
pero olvidamos su camino, olvidamos su belleza.


Con la inspiración de esta poesía salí en busca de mis raíces, mi raza, mi pasado, pues algo dentro de mí, no compartía la idea de que sólo era un ciudadano del mundo. Decidí investigar sobre los indígenas que habitaron por primera vez la tierra que me vio nacer.
A dieciséis kilómetros de la cabecera municipal de Rionegro se encuentra mi primera parada, El Chuscal, vereda en la que según los habitantes de este municipio, se localiza el resguardo de los indígenas Quirama, es decir, los aborígenes del valle de San Nicolás. Pero en camino al lugar indicado, se despliega ante mi vista un paisaje de fincas engalanadas de hermosos jardines que bordean edificaciones con grandes ventanales y amplios corredores, nada de lo que me rodea advierte vestigios del resguardo. Al llegar, mi vista se deleita en la combinación de naturaleza y arquitectura moderna, el día soleado eleva mi entusiasmo y el viento frío que roza mi piel me genera incertidumbre, tal vez no encontraría resultados a mi investigación en un lugar tan moderno. De pronto, mi panorámica es interrumpida por una camioneta que ocupa casi todo el trecho de la carretera y se detiene frente a mi, tras bajar la ventanilla un sujeto con facciones indígenas me pregunta hacia dónde voy. Un poco extrañado respondí: - “Me dirijo hacia el resguardo indígena Quirama”. Con risa entre sus dientes me dijo: - “No hay resguardo en la zona y, mucho menos, indígenas”. También me aclaro: - “Las personas que viven en la ver eda están participando de las fiestas de la Virgen en la catedral de Rionegro, y algunos de ellos permanecerán en casa de sus familiares hasta el próximo lunes”. De inmediato, partió en su 4x4 tan inesperadamente como llegó.
Atónito por la noticia, volví a Rionegro con el fin de obtener información de primera mano en el Archivo Histórico Municipal. Allí me entero de que los nativos que habitaron el resguardo Quirama, fueron trasladados aproximadamente en el año 1816 a la vereda El Chuscal, por orden del gobernador de la provincia de Antioquia. Según estos datos, debería existir un resguardo indígena en el lugar visitado; sin embargo, lo que encontré fue una comunidad cuyas prácticas culturales son idénticas a las de cualquier miembro de una sociedad urbana, al interactuar con ellos posteriormente y profundizar en la investigación, me enteré de que van a cine los domingos, asisten a misa, compran ropa en centros comerciales reconocidos, sufragan en las elecciones gubernamentales, se les ve en conciertos de música, sus hijos estudian en colegios de monjas, los padres trabajan en fabricas como Coltejer, Riotex, Sancela, o la Compañía Nacional de Chocolates, y las madres permanecen en casa dedicadas a los oficios que les exige un hogar. Ellas esperan cada día a sus hijos y a su esposo con recetas preparadas a partir de ingredientes comprados en supermercados, finalmente hechas en las espaciosas cocinas integrales de sus casas. Así transcurre la vida de los habitantes de El Chuscal.
Las sorpresas no terminaban ahí. Mientras buscaba información, un aroma extraño que invadía el lugar llegó a molestarme tanto que salí del Archivo. A medida que caminaba el olor se hacia más nauseabundo y cuando giré después de llegar a la esquina, descubrí un carro de comidas rápidas atendido por dos mujeres, y detrás de ellas una fila de gente esperando algo que parecía carne con habichuela, un plato en apariencia no muy provocativo. En medio de la fila sobresalían los colores vivos en el vestuario de algunas personas, en particular, la tela enrollada en la cintura y los collares grandes extendidos sobre el torso desde sus cuellos. Sus rasgos faciales decían que son indígenas, pero queriendo saber un poco más pregunté por ellos en la fila y confirmé mi sospecha: los sujetos distinguidos a simple vista entre mucha gente, son indígenas desplazados que esperan ser beneficiados por la buena voluntad de “el señor del carrito”, quien regala comida a personas en situación de calle, en otros términos, a los indigentes o a quienes viven en residencias, porque no tienen un lugar fijo para vivir debido a la falta de dinero. En medio de la conversación y casi sin darme cuenta, uno de los indígenas se me acercó y mientras tendió la mano dijo: - “Tengo necesidad, ayúdeme”. Después de hurgar en mis bolsillos sólo encontré un par de monedas que no dudé en entregarle, y que fueron la excusa perfecta para acercarme a él e indagar las causas de su condición adversa. Con diligencia me llevó hasta la fila y un brillo en sus ojos me dio a entender el orgullo que le produce a este hombre presentar a su familia: -“Andaki, es mi compañera” y la madre de sus hijos, cuyo nombre significa “flor sagrada”. -“kapak, mi hijo mayor”, portador del nombre de un antiguo príncipe de los Incas. Por ultimo se refirió a “Tava” que significa “serenidad”. Una pequeña criatura envuelta en un trapo y amarrada al cuerpo de la madre contra el pecho. -¿Cuál es su nombre? Le pregunté. A lo que él contestó en tono pausado: - “Rumiñawe, el mismo nombre de un líder indígena del ecuador”. Sus respuestas fueron claras e inmediatas, por lo que pudimos llevar una conversación fluida mientras caminábamos en la fila.
La sonrisa de Rumiñawe y de su esposa me daba tranquilidad, pues no parecían incómodos por la situación. La tez morena y ajada por el sol, el cabello oscuro en la raíz y claro hacia las puntas, liso, poco ordenado, recogido a manera de cola, los labios resecos y los pequeños ojos cansados, no opacaban la armonía que irradiaba la sonrisa de esta familia y el respeto que me infundían sus miradas profundas con aire de sabiduría e ingenuidad. La respuesta a mi anhelada pregunta llegó por parte de Andaki, me interesaba saber de dónde venían ellos y por qué estaban aquí. Ella me contó que pertenecen a la etnia de los Embera-Chamí, que venían de un resguardo llamado La Palma localizado en el municipio de Apartadó, y que habían salido de allí el día anterior en compañía de doce familias, con el objetivo de conseguir ayuda económica en el oriente antioqueño. Su esposo agregó: – “Rionegro y los municipios cercanos son una buena plaza para pedir dinero, pues se sabe que los ricos vienen de paseo a las fincas”. Escucharlos despertaba aún más mi curiosidad, quise saber qué actividades desempeñaban cuando no se dedicaban a mendigar. – “Cuando no estamos en la ciudad nos quedamos en el resguardo cosechando plátano y maíz, cazamos y pescamos, (…) hacemos diademas y pulseras de plata para las fiestas y los rituales, pero no es suficiente” dijo Andaki con la mirada en el suelo. Después de una breve pausa levantó el rostro para continuar su discurso: -“queremos tener las mismas posibilidades de los que viven aquí, no queremos ser tratados como personas diferentes, queremos ser parte de esta ciudad, queremos ser llamados ciudadanos del mundo, (…) no buscamos plata nada más, queremos tener nuestra propia casa, un trabajo digno, que nuestros hijos asistan a una escuela normal sin ser discriminados y lo más importante: queremos reconocimiento por lo que hacemos, no por lo que somos o eran nuestros antepasados”. Al terminar su exposición me miró fijamente y yo, sin salir de mi asombro no sabía qué decir, o mejor, lo mucho que tenía por decir difería de su modo de pensar, por lo que decidí irme para no llegar a incomodarlos. Me despedí con una gran sonrisa que disimulaba mi tristeza por lo que había escuchado.
Deduzco que los indígenas provenientes de Apartadó, están organizados en grupos ya que Rumiñawe mencionó la existencia de un líder, encargado de repartir a los indígenas antes de salir del resguardo, y de escoger los días en los que pueden salir de La Palma. Según investigaciones étnicas, los Embera-Chamí se caracterizaron por su artesanía y la elaboración de objetos en cerámica, por la cestería y tejido con chaquiras.
Me sobrecogió la historia de esta familia que está perdiendo sus prácticas ancestrales y las ha ido cambiando por las costumbres citadinas, como ya lo hicieron los “indígenas” de El Chuscal. Las dinámicas de la globalización influencian las culturas generando nuevas formas de apropiación y nuevas identidades, ya que implican cambios en la organización de las comunidades. De ésta manera, las últimas generaciones indígenas re-significaron sus parámetros de vida. Las relaciones parentales, los intercambios comerciales, los mitos y las creencias que los distinguían, variaron para adaptarse a las exigencias del entorno y poco a poco pierden la esencia de su ser, hasta el punto de sentirse decepcionados por ser hijos de la tierra y querer ser tratados como ciudadanos del mundo, pues no comprenden que su imagen representa nuestro origen. Ser un ciudadano del mundo es existir, no para imponer o imitar, sino para construir juntos a partir de lo que cada uno es. Un ciudadano del mundo debería valorar sus raíces y a partir del auto reconocimiento, reconocer al otro en su entorno para valorarlo. ¿Cómo hacerles entender a los indígenas la importancia de su existencia? Algunos quieren cambiar sus costumbres pero, muchos de ellos están luchando por el respeto a la vida, por su dignidad, por el territorio que les pertenece y por el reconocimiento de su cultura. ¿Cómo hacerle entender al resto del mundo, la importancia de los indígenas? En mi búsqueda no encontré mis raíces, ellas se mezclaron con otras razas y hoy sólo conservan lo único que no han podido cambiar, los rasgos físicos que viajan por su ADN generación tras generación como evidencia de su pasado, del mío, del tuyo, y de todos los que nacimos en esta hermosa tierra, America.














VOCABULARIO

4x4: Nombre que se le da a un vehiculo que tiene cuatro puertas.
Buena plaza: Lugar apropiado para comerciar, en este caso para mendigar.
Cabecera municipal: Área urbana de un municipio.
Camioneta: Vehículo de uso particular más grande que un automóvil.
Carretera: No se si es pavimentada o no.
Carro de comidas rápidas: Armazón en piezas de aluminio puesto sobre ruedas para facilitar su traslado, y adaptado para vender comida en la calle.
Cogido a manera de cola: Clase de peinado, que consiste en sujetar todo el cabello por la parte superior de la nuca.
De primera mano: De una fuente de información confiable.
Esencia: Lo más puro, natural y característico de una persona o una cosa.
Exposición: Explicación de un tema.
Fila: Hilera de personas esperando algo.
Parada: Lugar para detenerse con el objetivo de encontrar datos de la investigación.
Plata: Dinero
Plato: Comida
Raíces: Origen de nuestra raza, de nuestra cultura.
Resguardo: Custodia de un sitio otorgado por El Estado a los diferentes grupos indígenas para que lo habiten y lo cultiven en pro de su bienestar. Lugar sobre el cual cada clan o tribu tiene potestad.
Rionegro: Municipio ubicado en el oriente del departamento de Antioquia.
Trecho: Lado a lado de la anchura de un espacio.
Valle de San Nicolás: XXXXXXXX
Vereda: Caserío del área rural de un municipio.
por: ALEXANDER BOTERO
DAVID MONTOYA SOTO
PRISCILA BORJA CARVAJAL

0 comentarios:

Publicar un comentario