El abandono, la pobreza y el maltrato fueron motivos suficientes para que Juan Pablo Zapata huyera de su hogar en la etapa de su niñez. Sin embargo, esta problemática social de la cual muchos han sido víctimas no es excusa para dejar de soñar y triunfar; después de soportar injusticias y sobreponerse a circunstancias adversas que la vida le presentó, éste niño, tuvo la fortuna de ser formado con buenos principios gracias a la caridad de la sociedad y a su espíritu emprendedor. No echando en saco roto la orientación recibida hoy es un joven que motiva a otros a trabajar por sus sueños, contribuyendo así al desarrollo y crecimiento de nuestra comunidad.

El cuatro de Abril de 1984 nació en Rionegro (Ant) el primogénito de un hogar, a quien sus padres llamaron Juan Pablo. Años más tarde el padre se ausentó y la carga económica recayó sobre la madre, la cual en obligación de sostener a sus cuatro hijos, tenía que dejarlos solos durante largas jornadas. Viviendo humildemente en el barrio La quebrada arriba, el hijo mayor estudiaba y vendía empanadas en la calle para contribuir al sustento del hogar, pero no era la pobreza la causa principal del conflicto, fue el maltrato de su madre el motivo que lo impulsó a irse de la casa a la edad de 10 años, cuando empezaba a cursar cuarto año de primaria, decisión que él hoy no recomienda a nadie.

Durante un año se ocupó en oficios como cargar mercados en la plaza de mercado o lavar loza en un bar. Al medio día acostumbraba ir al restaurante de la Pastoral Social donde un almuerzo le costaba cuatrocientos pesos ($400). En la noche, pagaba una pensión en el Hotel Córdoba (ya no existe), ubicado en la entrada de la calle Obando, allí regía una hora de entrada y algunas veces por el horario extenso de trabajo tuvo que amanecer en la calle. Pero no todo era malo, como caída del cielo, le llegó la oportunidad que daría un giro de 180 grados a su destino. Recuerda con precisión aquel martes cuando la Hermana Berta le comentó su deseo de internarlo, noticia que lo emocionó y por lo cual se considera muy afortunado.

A través de un proceso guiado por Bienestar Familiar y por las comisarías de familia,
éste centro formativo ubicado diagonal a la Compañía Nacional de chocolates, alberga niños que sufren abandono de hogar y maltrato, ya que están en peligro de drogadicción, de violaciones, o en la calle cuando los padres no asumen su rol y no tienen compromiso con los hijos. Quince días después el niño de la calle fue internado en el Jesús Infante. Regido por una estructura casi militar esta institución lo acogió, brindándole comodidades físicas como una cama, habitación, alimentación y estudio, todo esto acompañado de una formación Basada en estricta disciplina. A las cinco de la mañana todos los niños debían levantarse, eran reunidos en ropa interior y en una pila de agua los bañaban rociándoles agua con mangueras y estregándose unos a otros con la ropa interior. Luego continuaba el arreglo de la habitación donde les calificaban el tiempo y en una planilla hacían las anotaciones respectivas. Después los tragos, lo que comúnmente llamamos en Antioquia una comidilla antes del desayuno, y se dirigían a emprender otras labores. Su responsabilidad iba más allá de ser un buen estudiante, allí los niños aprendían ebanistería o agronomía y en horas de la mañana desempeñaban labores acordes a estos oficios. Inicialmente su tarea fue limpiar el prado con un rastrillo, pero con el tiempo ordeñar y mantener el establo limpio fueron algunas de las labores de este jovencito a quien más adelante encargaron de la granja. Las doce del día eran horas de almorzar y de salir a estudiar, allí Juan Pablo reanudó sus estudios terminando el cuarto año de primaria, en la escuela Julio Sanín aprobó quinto y se graduó como bachiller en Cecodes, institución que tenía convenio con el internado. Al regreso hacían tareas y a las 7:30 de la noche todos estaban acostados.

¿Pero quién garantizaba que estos angelitos se iban a dormir? Quizás algunas veces lo hacían pero otras veces se reunían con sus compinches. Cuenta nuestro invitado que las puertas del Jesús Infante eran muy pesadas, lo que les impedía entrar y salir de sus habitaciones sin ser escuchados y que dormían en camarotes, lo que se convirtió en una de sus herramientas para reunirse, pues el segundo piso del camarote les permitía pasar a las otras habitaciones ya que las divisiones no llegaban hasta la superficie del techo. Además recuerda con agrado cómo los que dormían en el segundo piso movían las tablas para golpear a quienes dormían abajo. Estos juegos infantiles también alegraban la vida de los niños que se consideraban una gran familia, no sólo se tenían unos a otros, cada niño era apadrinado por un empresario de la región, así los fines de semana recibían visitas de sus familiares y de sus padrinos.

Al llegar al internado este niño maltratado quiso borrar su pasado y mintió diciendo que no tenía familia, algo de lo que no se enorgullece ni se arrepiente. Cuando Bienestar Familiar constató que sí tenía familia, propició el reencuentro con la madre y por políticas de la institución debió regresar al hogar, donde vivió tres meses y nuevamente se alejó. Terminó bachillerato en el Instituto Josefina Muñoz González contando con la ayuda de su padrino, el señor Hugo Castaño, quien posteriormente fue elegido alcalde de nuestro municipio, y siendo Juan Pablo un adolescente participó activamente en aquella campaña política. Había sido personero en la escuela Julio Sanín, representante de grupo en el Jesús infante y siempre le había gustado el liderato, características que lo llevaron a participar en el Comité de Impulso de la Juventud en Rionegro y a desempeñarse como facilitador de Red de paz en el oriente antioqueño hasta la fecha. Coordina 800 jóvenes que hacen parte de Laboratorio de paz, en un grupo denominado red de jóvenes de oriente, donde se capacitan jóvenes para el liderato en la política.

Para cumplir el sueño de ser abogado y presidente de éste país estudia Derecho en la Universidad de Antioquia Seccional Medellín y se desenvuelve en el campo político. De la experiencia como candidato al concejo de este municipio el año pasado, menciona:
“Soy un convencido por lo que he vivido, por lo que soy, que a la gente no hay que regalarle las cosas, a la gente hay que darle la oportunidad de que se las gane”.
Disfruta lo que hace y se considera a sí mismo un hombre feliz. Dice estar muy agradecido con la Hermana Berta, pues gracias a ella ha estado en lugares y con personas que nunca imaginó debido a las condiciones en que vivía, por los conceptos errados como pensar que la gente pobre no se junta con los ricos, no obstante, a través de la educación él traspasó esa barrera. Ésta es una mínima muestra de lo que muchos han logrado al actuar y aprovechar las oportunidades, bien dicen por ahí “las cosas se le dan al que las quiere”.

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